Al recorrer Parras de la Fuente es fácil olvidar que estamos en una región semiárida. Sus calles arboladas, huertas de nogales y viñedos forman un paisaje poco común en el norte de México.
Nada de esto sería posible sin el sistema de manantiales, estanques y acequias que durante más de cuatro siglos ha conducido el agua por el valle. El propio INAH señala que esta red hidráulica dio origen al asentamiento y determinó, en buena medida, la forma irregular de sus calles.
El agua estuvo antes que el vino
Parras fue fundada oficialmente en 1598, pero el lugar ya era conocido por la presencia de manantiales y parras silvestres. La disponibilidad de agua para los cultivos fue una de las principales razones para establecer el pueblo en este punto del desierto coahuilense.
Desde sus primeros años, pobladores tlaxcaltecas procedentes de San Esteban, en Saltillo, ayudaron a organizar sistemas de irrigación para regar sementeras, pasturas, huertas y viñedos. Por eso, la historia del vino de Parras está directamente relacionada con la historia de sus acequias.
Mucho más que un canal
Una acequia es un canal que transporta agua aprovechando la pendiente natural del terreno. Sin embargo, los canales que vemos en las calles son solamente la parte visible de un sistema mucho más complejo.
El agua proveniente de manantiales y escurrimientos se captaba, almacenaba en estanques y después se distribuía por gravedad mediante una acequia principal, canales secundarios y pequeñas regaderas que llegaban hasta las propiedades y los campos de cultivo. La red no fue construida en una sola etapa: comenzó durante la época colonial y se amplió conforme crecieron el pueblo y sus necesidades agrícolas.
Los túneles de agua bajo Parras
Con el tiempo se incorporaron las llamadas galerías filtrantes, conocidas localmente como tajos o fogaras. Se trata de túneles horizontales excavados para captar el agua del subsuelo y conducirla hasta la superficie.
Estas galerías tienen una ligera pendiente y cuentan con pozos verticales, llamados lumbreras, que servían para entrar, retirar sedimentos y dar mantenimiento. Una vez en el exterior, el agua pasaba a estanques y acequias para continuar su recorrido hacia las huertas.
El sistema que creó el paisaje de Parras
Las acequias permitieron desarrollar huertas compactas protegidas por nogales y otros árboles frutales. Su sombra ayudaba a conservar la humedad, disminuir la evaporación y proteger los cultivos de las altas temperaturas.
En estos espacios se producían uvas, nueces, higos, peras, granadas, membrillos, hortalizas y cereales. Con el paso de los años, la combinación de agua, vegetación y conocimiento agrícola creó el paisaje verde que todavía distingue a Parras.
El agua también hizo posible el crecimiento de la vitivinicultura. Desde principios del siglo XVII ya existían huertas y viñedos productivos, y para el siglo XVIII Parras se había convertido en uno de los principales centros agrícolas y vinícolas del norte de la Nueva España.
Una historia que todavía corre por sus calles
Partes de este sistema continúan siendo visibles en Parras. Los canales, estanques, acueductos y galerías que sobreviven no son elementos decorativos: son restos de la infraestructura que permitió establecer una comunidad permanente en medio del desierto.
El Estanque de la Luz, alimentado por agua proveniente del subsuelo, es uno de los ejemplos más conocidos de esta cultura hidráulica. Otros tramos de acequias todavía pueden observarse junto a calles y antiguos barrios del pueblo.
La próxima vez que encuentres agua corriendo junto a una calle de Parras, vale la pena detenerse. Estás viendo una parte del sistema que alimentó sus primeras huertas, hizo posibles sus viñedos y ayudó a transformar el valle en el oasis que conocemos hoy.
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